Homo-effectus.

Quizá el modelo de humano deja de ser propuesto una vez que deja de ser eficaz en ese entorno. Quizá no sea tantos que no seamos homo economicus sino que los atributos del homo economicus –el propio interés y la maximización del beneficio– y por tanto el propio homo ecomonicus ya no son aplicables como modelo de humano es ese mundo. Así en el mundo-hecho ese modelo, que ahora se encuentra cuestionado, se ve efectivamente relegado porque ya no es útil, si bien sí lo fue durante su construcción dado que navegaba a favor de las corrientes de eficiencia y racionalidad que imperaban durante su construcción. Y que ese humano que flota en el mundo-hecho se debe a que aún no ha aparecido el modelo de humano para el mundo-hecho. Algo así como el homo-effectus. El humano efecto de su hacer en el mundo, sí, pero también el humano causa de sí, dado que el efecto es su causa.

 

Economía teológica.

La racionalidad es el trasunto económico del libre albedrío teológico. La decisión racional es la moderna decisión libre. Igual que hay una teología política –cuya existencia es bastante evidente, sólo hay que leer a Agustín y su La ciudad de dios para darse cuenta de que en realidad es un libro de política que encuentra en Platón el fundamento metafísico para el estatus soberano de la iglesia– y cuyo máximo exponente no es tanto la figura del dios-soberano que señalaba Schmitt como la idea de la libertad del hombre, trasunto de la potencia omnímoda del dios que, ya de paso, libera a la divinidad de toda responsabilidad moral sobre la existencia del mal, además de esa teología política, decía, hay una teología económica, cuyo máximo exponente es la racionalidad, que como la teología política también cumple un doble rol: al tiempo que otorga al humano la capacidad de ser dueño de su destino, que es otra forma de ser omnímodo, soluciona el problema del bien y el mal en términos económicos (la justicia o injusticia de cada uno de los agentes económicos que acuden al mercado ya no es responsabilidad de este sino de los propios agentes).

 

No es la velocidad, es la aceleración.

Asistimos a una redefinición de la aceleración. Ya no es espacio entre velocidad sino volumen entre velocidad. El volumen de transacciones entre la velocidad de la transacción. Ya no es la distancia recorrida sino el volumen acometido. Es lo que sucede, por ejemplo, en el high frequency trading. El volumen es el total de micro-operaciones realizadas (que son una); la velocidad es el tiempo en el que se realizan esas operaciones (que son una). Es lo que sucede, por ejemplo, en la logística. El volumen es el total de palés desplazados(que son uno); la velocidad es el tiempo en el que se realizan esos desplazamientos. Y ese ser «uno» es importante puesto que en ello reside la clave de la aceleración sin movimiento. El espacio queda reducido al volumen de un único objeto por lo que desaparece, y en la desaparición del espacio desaparece el movimiento. Es aceleración sin movimiento. Un espacio de un único objeto en movimiento no es espacio. Es indeferenciable de la nada. Por eso hoy prima la aceleración sobre la velocidad, en un mundo en el que nada cambia.

 

«¡Ay, que tengo polla!».
El plano secuencia del mundo-hecho (II).

(Continuación de El plano secuencia del mundo-hecho)

El plano secuencia parte de la falsa asunción de que la cognición es un continuo. Y desde ese continuo expresa el efecto de lo hecho en el mundo en términos de fenómeno perceptible. Hace que el efecto sea integrado en la cognición como su contenido habitual. Es así como dadiza –el aparecer de la cosa-hecha como dada– lo hecho. Es así cómo la estética consuma el giro metafísico que supone habitar un mundo-hecho.

Despegue.

El ejemplo extremo de plano secuencia expresando un mundo-hecho radical es el plano secuencia del videojuego, que emula el punto de vista del jugador inmerso en la situación de juego. Es desde esa mirada donde comienza el habitar ese mundo. Esto es, basta esa mirada para comenzar a habitar ese mundo. Para que, mediante ese plano secuencia, lo hecho en su darse como un fenómeno del mundo aparezca como dado y, así, se integre en integre al sujeto de ese mirar en ese mundo.

GTA 5.

Esa naturalización de lo hecho mediante su conversión en fenómeno perceptible por los mismos mecanismos perceptivos dado que nuestra cognición no distingue entre las naturalezas dadas o hechas de un fenómeno –seguramente porque toda percepción es siempre de lo hecho, puesto que siempre es remitida a una representación obligatoria: esto es más o menos lo que afirmaba el idealismo–, esa naturalización de lo hecho es la conversión del efecto en fenómeno. Una conversión que hoy llega a su plenitud en la VR (Virtual Reality), que no es más que la inmersión en un mundo que prometían los videojuegos pero

Hace unos meses tuve la ocasión de vivir una secuencia porno en VR. Una experiencia horrible, más parecida a asistir a una pocilga el día de matanza que a participar en una orgía. La inmersión era tanta que se producía un salto contextual entre la situación que planteaba la secuencia y mi realidad fuera de la gafas. O quizá sólo fueran prejuicios míos ante la pornografía. Porque, sin embargo, la inmersión funcionó cuando una compañera, al probarse las gafas y bajar la cabeza para bajar la mirada, gritó:

–¡Ay, que tengo polla!– y soltó una carcajada.

Afortunadamente no he encontrado un ejemplo de porno en VR, sino un video de un inocuo paseo en una montaña rusa, aunque tampoco lo he buscado mucho, la verdad (el efecto VR puede percibirse si se clica encima del video y se desplaza el cursor: el punto de vista girará como si el espectador girara la cabeza).

Montaña rusa VR.

Esa naturalización de lo hecho es lo que durante los años 70 se llamó espectáculo, término sobre-explotado por el pensamiento francés desde Debord a Baudrillard. Eso que ellos denunciaron como la espectacularización del mundo no era tanto que el mundo producido por el capitalismo de posguerra fuera espectacular sino como la conversión de lo espectacular en fenómeno. No se trataba tanto de que hubiera una verdad del mundo debajo o detrás de ese espectáculo que ocultaba el propio espectáculo, como el Situacionismo se empeñaba en pensar. Y es normal que así sucediera. El asalto de lo hecho a lo dado por medio de la ocupacion la cognición aún no era completo, en aquellos años todavía eran manifiestas las costuras y, desde esas costuras, parecía que aún podía percibirse un mundo real ajeno al espectáculo. Lo que ellos entendían como un entramado político que cabía desbaratar desde la denuncia teórica era en realidad una suplantación fenomenológica del mundo. Por eso hoy ya no es así, la suplantación de lo dado por lo hecho ya se ha completado y no vemos nada detrás del espectáculo porque sólo vemos espectáculo. Que la representación de la VR no fuera perfecta y la inmersión, por tanto, ineficiente no significa que la suplantación fenemonológica no se haya dado, sino que esa otra capa de mundo virtual aún no es perfecta. Pero ya no nos remite a un mundo-roto, por extender la vieja idea de Heidegger del objeto-roto, detrás del cual aparecía un mundo en el que todo no eran útiles-herramienta, sino que nos remite a un mundo que ya es hecho pero que asimilamos como dado. O, de otra forma, que la espectacularización del mundo no es un proceso cerrado que culmine en un momento determinado sino que es un proceso sin fin, que añade nuevas capas superpuestas a las capas ya naturalizadas, cuya superposición impide el acceso a nada que sea real, si es que alguna vez pudimos. El espectáculo, la expresión de los efectos, se ha convertido en el paisaje que habitamos. Un paisaje compuesto además por la superposición sin fin de efectos transmutados en fenómeno. Y que, por eso, no podemos no percibir sino como un plano secuencia.

 

El plano secuencia del mundo-hecho.

El plano secuencia es el plano del mundo-hecho. Solo él transmite la desmesura de lo hecho. La monumentalidad de lo robofacturado ha empequeñecido lo sublime kantiano. Sí, todavía nos estremecemos ante una tormenta o un atardecer, pero es sólo porque nuestro aparato cognitivo está diseñado para estremecernos ante tormentas o atardeceres. Pero ahora hay una nueva fuente de estremecimiento, el estremecimiento ante lo hecho, ante cuyas dimensiones carecemos herramientas conceptuales para su comprensión –recuérdese que lo sublime kantiano era pre-conceptual– y sólo podemos achicarnos frente a lo que nosotros mismos hemos hecho.

Un ejemplo:

Burj Al Babas. Turquía.

Pero esa ininteligibilidad del mundo no afecta sólo al mundo en sí, también a la tarea de construcción y, sobre todo, de mantenimiento de ese mundo. El tamaño del mundo-hecho es proporcional al esfuerzo y dedicación de producción del mundo-hecho. De ahí que ese esfuerzo y dedicación sólo puedan ser descritos mediante otro plano secuencia:

Lugar desconocido. China

Pero no sólo eso. Incluso el punto de vista del plano secuencia es ya inconmensurable: es la mirada de dios. Porque sólo dios necesita ver así. Sólo él necesita esa amplitud de campo. Los humanos, de mirada más estrecha, vivíamos vidas más estrechas.

El Ejido. Almería.

Las vivíamos. Porque ahora el modo de hacer el mundo implica el mundo entero, al completo. Por eso puede decirse que Google Maps es el plano secuencia del mundo-hecho:

El mundo según Google Maps.

Un mundo que no puede sino recordar a este otro:

La Estrella de la muerte.

Y sobre todo recuerda a ese planeta semi en ruinas de los planos finales, cuando la Death Star está semi derruida. La gran diferencia con la épica galáctica es que las ruinas del mundo no son producto del ataque de unas liberadoras fuerzas rebeldes sino el resultado del propio hacer el mundo, un hacer que de momento se revela como demasiado descomunal incluso para el –al menos hasta ahora– imperfecto hacer humano. De la imperfecta anchura del vivir humano.

(Continúa aquí)