Diseño y sentido.

Que el diseño es una magnífica fábrica de signicación no lo discute nadie. De aquel designare latino el vocablo castellano diseño ha realizado su sentido pleno, el diseño es designar. Convertir en signo. Y, de ahí, en significado. Si bien es cierto que esa cadena causal no lo es tanto, o cuando menos no es tan plana y lineal. En cualquier caso, el diseño significa. Otorga significados. Hace unas décadas a través de la función y hoy a través del uso –aunque esto es un asunto que bien merece una entrada aparte– y muy pronto lo hará a partir de la conducta generada en el usuario, esa otra figura mítica de la que ya se habló aquí en la entrada sobre la Falacia del usuario. Sea como fuera la genealogía de esa significación, el diseño se encuentra en punto de inflexión. Ha sido tal el éxito de su capacidad de generación de significados que el mundo está sobre-significado. Porque sobre significados el diseño ha construido n capas de nuevos significados. A los significados generados por el lenguaje natural durante siglos, en apenas 50 años el diseño, como publicidad primero y como diseño hoy, ha reescrito el diccionario una y mil veces. Pero con cada reescritura no ha abandonado la anterior, sino que impuesto encima sepultando la anterior. Cada resignificación no ha erradicado el diccionario anterior sino que lo ha sumado, encima. De tal forma que los significados y resignificados se han ido apilando hasta convertirse en una amalgama práctimente indescifrable. Y esa acumulación se ha producido por una simple razón: la industria de la significación produce significados mucho más rápido de lo que el hablante, el decodificador es capaz de deshecharlos. Si la evolución de los lenguajes naturales se producía porque la resignifición, las nuevas significaciones erradicaban las anteriores, debido al desuso, en esta etapa usos distintos se entremezclan en una misma temporalidad.

El problema de identificar uso y referencia, siguiendo aquí la idea fregeana de que es en ésta última donde reposa o señala el significado, es que el uso sólo puede ser secuencial, y no sólo eso dado que el lenguaje también lo es –al menos en su expresión, dado que el soporte conceptual sobre el que se levanta, no–, sino que el uso de algo excluye el uso de cualquier otra cosa. Mientras el lenguaje también es extensivo el uso sólo puede ser intensivo. El uso se contrae en sí mismo, refiriéndose a sí mismo exclusivamente. Quizá por eso se explique la tendencia de los fabricantes de dispositivos q concentrar todos los usos en un mismo aparato. Cada aparato quiere ser el monopolizador de todos los usos, el diccionario de todos los significados. Y quien dice aparatos dice tiendas, coches, calles, etc. Una dinámica fragmentadora que, al mismo tiempo y paradójicamente, pretende incluir todos los usos-significados. Y dado que no hay dispositivos hegemónicos –de momento, aunque quizá es verdad que puede que sea posible que nunca llegue a haberlos, pero eso ya es otra historia– esta fragmentación va contra lo que Kant llamaba en su tercera Crítica el sentido comunitario, la idea de que la estética creaba un sentido compartido por una comunidad –sentido entendido aquí no tanto como significado que como otra facultad, la sexta, del aparato perceptivo, algo así como una mirada común–. Hoy esa comunidad aparece más atomizada que nunca. Consenso, ese término que bien puede explicar lo referido por Kant y que, siguiendo su etimología, es el sentido conjunto de todos los hablantes, aparece como una meta imposible a partir de una significación del uso.

Pero no sólo eso. El conjunto de los significados es indescifrable porque además de la acumulación se ha producido un fenómeno de aislacionismo de los significados. Los significados ya no construyen una red que podría componer un diccionario, sino que cada significado es un idioma per se. La conquista por ser, por definir el uso hegemónico, que es el principal motor de la significación hoy, ha hecho que los significados pierdan cualquier relación entre ellos. Los diseñadores trabajan aislados con herramientas de producción de significados que los producen también aislados.

De tal forma que el mundo se ha convertido en algo así como un lineal de supermercado. Una cacofonía de envases-significado que gritan todos al unísino con la intención de anular el grito-signicado del resto de envases-signicados. No hay costura capaz de tejer un diccionario entre tanto clamor, que ha devenido en mero ruido. Pero no porque carezca de significado, al contrario: es porque ha saturado los significados.

Por eso, cuando hoy el diseñador arguye que tiene que construir sentido, que su tarea es la construcción de sentido, en realidad está negando su propia afirmación: está contribuyendo a la gran cacofonía de sentidos fragmentarios que es ese gran lineal de supermercado que es el mundo.

 

Etnografía y verdad por consenso.

La etnografía última tiende cada vez más a la utilización de la auto-exploración, una técnica tradicionalmente proscrita, Y, a partir de ese momento, la auto-exploración es tomada como un argumento ad hominem positivo. Si en la falacia ad hominem se atacaba al argumento confundiéndolo con la persona, en esta auto-exploración nueva la persona, su biografía se convierte en el soporte del argumento. En su fundamentación. Esto, que podría entenderse como un ataque a cualquier teoría desarrollada a partir de la identidad, es más bien un síntoma de otra enfermedad, no tanto de la posible falacia ad hominem de la auto-exploración –que es la conclusión a la que llegaría alguien con la mirada estrecha del telescopio–, como de la destitución de criterio de verdad por consenso que cohesionaba el discurso. Una erosión que en buena medida era buscada por las propias teorías de la identidad. Una erosión necesaria, además. Porque bajo la verdad por consenso yacía sepultada la variedad identitaria, necesaria para la eclosión de subjetividades no consensuadas. Y, sobre todo no-consensuales. Ahora bien, ¿es esa una demolición definitiva o un paso necesario pero coyutural para la apertura a nuevos consensos, más amplios? ¿Es necesaria que la sociedad consensúe una verdad para ser considerada sociedad?

 

Putada.

La putada de los libros es que hay que leerlos.

 

Mood Indigo.

Un aviso previo: esta es una pieza de un bajista excepcional.

En Mood Indigo Mingus le da la vuelta a la idea del quinteto de jazz. Y eso me encanta. Hace que la banda haga su papel de bajo, que establezca y mantenga la estructura de la pieza, para que él juegue –play– el papel del solista. Y que, una vez conseguido ese espacio, no se pierda en las veleidades del virtuoso à la Pastorious. Al contrario, el tema es un ejercicio de contención. De la banda, que ejecuta el rol del bajo, manteniendo no sólo el compás sino también la armonía y el tempo, y desde ahí lanzarse él a otro ejercicio de contención. Podría haberse sumergido en la improvisación feroz del final del bebop y comienzos del free, que es lo que tocaba en aquellos años, pero prefiere mantenerse en esos tempos y esas armonías. En vez de lanzarse a un solo interminable que empieza con el instrumento hablando pero que, de tanto hablar solo, culmina en un griterío, como suele suceder en estos solos, que terminan siendo una demostración de poderío ensordecedor, Mingus hace susurrar su contrabajo durante más de 4 minutos, manteniéndose en una de las líneas melódicas más delicadas que se pueden escuchar en el género. Cambia todos los papeles del quinteto para generarse un espacio, pero su voz en vez de atronar desde el púlpito, murmulla al oído del amigo. Es, en resumen, un giro copernicano a la idea de banda para mantenerse en el mismo sitio. Es verdad que casi siempre es mejor aventurarse hacia adelante à la Coleman –que conste que ni sé ni quiero resistirme a la sonoridad de su saxo de plástico blanco–, anticipando lo que vendrá después, pero hay quien tiene el genio suficiente de, permaneciendo en su momento, lo destroza. Ese es el genio de Mingus.

 

Apología de la diferencia.

Tener una idea que lo explica todo es como pretender grabar un disco que contenga todas las músicas o escribir un libro que los resuma todos.