Conocimiento, creencia y valor.

El conocimiento es valioso porque es un sustituto de la experiencia. Quien sabe algo no tiene que pasar para ello para aprenderlo. Lo que parece una demostración banal pero que de se serlo si sumamos otro atributo del conocimiento: su transmitibilidad. El que pueda ser transmitido. Compartido. Es al otro al que le ahorras la experiencia para adquirir ese conocimiento al transmitírselo. El valor del conocimiento no reside tanto en uno como en el hecho común. Porque puede ser compartido facilita las vidas de la comunidad. El conocimiento tiene valor en relación no a uno ni a lo que uno sabe (ahí tiende a ser indistinguible de la creencia y entra de pleno en una zona tremendamente problemática, que evita si su valor es exógeno al agente) sino en relación a los demás y al conjunto de lo que todos saben de forma compartida. A las personas porque les ahorra experiencias de aprendizaje (el conocimiento facilita la acción apta a quien lo recibe); al conjunto de lo sabido porque lo afianza (al convertir el conocimiento en cultura).

Que el conocimiento es exógeno al agente lo explica que el conocimiento es un pos –igual que la atribución de inteligencia, que no puede producirse sino una vez acometida la acción. Son los demás, en función de las experiencias de aprendizaje ahorradas y con relación al resto de conocimientos-cultura de la comunidad, los que atribuyen como conocimiento un saber.

De hecho podría decirse que la distinción entre creencia y conocimiento es ficticia, un tanto forzada. ¿Y si la diferencia estribara no tanto en su relación con la verdad o que fuera un proceso ADA sino que su transmisión generara acciones aptas en el otro de forma eficiente? La argumentación –la facultad de aportar razones o motivos para afianzar la transmisión– pasaría así a tener otro significado, más común. Compartido. No se argumenta para tener razón –verdad– sino para darla. ¿La creencia, entonces, tendría que obedecer a diferentes mecanismos de transmisión o serían los mismos? Serían los mismos dado que no hay diferencias fundamentales entre creencia y conocimiento. La religión se transmite de la misma manera que se transmite la matemática. La diferencia está en los argumentos. O, mejor dicho, en la necesidad de argumentos en cada materia.

Uno sabe que sabe porque hace o porque cuenta lo que sabe. Hasta que no lo ha hecho o no lo ha contado no sabe que sabe. De ahí los paseos con su mayordomo de Kant. Y de ahí el exilio de la vida de la academia –aunque este no es motivo suficiente para explicar la torre de marfil alejada de la vida en la que viven los académicos, también intervienen otros factores, otras explicaciones posibles como las de Arendt en base a La república de Platón. Hacer un contar comparten así la condición de acto, impactar en el mundo. Pero e habla actúa sobre esa parte del mundo que son los demás. Argumentar, pues, es un modo de hacer. De hacer sobre el otro a partir de la confianza. La confianza es fundamental para que el proceso de transmisión de conocimientos sea efectiva. Sin confianza no habremos hecho para el otro aunque hayamos hablado –aunque quizá sí para uno, o quizá no: bien puede ser que uno sea víctima de una creencia no fundamentada, o no fundamentada aún. Y ese es el rol de la argumentación, la generación de confianza en el saber del hablante por parte del que escucha. 

 

Luis