Cosas y significados

Leo –y esto no es una crítica a Quine, sino aprovechar una mención a un lugar común de la filosofía. Sentencias semejantes pueden encontrarse en Les mots et les choses de Foucault, por ejemplo: «No podemos saber qué es una cosa sin saber cómo está delimitada por las demás cosas» (Quine, Relatividad ontológica) y no puedo evitar pensar que no podemos saber qué es una cosa sin estar significada por las demás cosas. Y no sólo porque el significado de una cosa dependa tanto de la cosa significada como de las cosas no significadas cuando mencionamos esa cosa sino porque son las cosas no significadas las que otorgan significado a la cosa significada al mencionarla. Pero no es una significación negativa (algo significa porque todo lo demás no) sino que es una atribución positiva: son las significaciones de las demás cosas las que soportan también el significado de cada cosa. De ser así, el lenguaje se adquiriría de sopetón. Y quizá sea así, se adquiera de sopetón, pero de todo el sopetón que soporta el cerebro de una criatura preverbal. Sin embargo, y esto parece patente, el lenguaje no es una facultad que se pierda de golpe. Nadie deja de hablar de la noche a la mañana, salvo accidente. Y no es ese el tipo de pérdida que busco. ¿Se perderán campos semánticos enteros de una vez?

Pero quizá sea más fácil. Quizá porque percibimos las cosas delimitadas pensamos que el lenguaje y la significación tienen que funcionar igual, también a partir de las cosas delimitadas. Y puede que no sea así. Leo en Quine (Naturalización de la epistemología): «El tipo de significado que es básico para la traducción y para el aprendizaje del propio lenguaje, es necesariamente significado empírico y nada más. Un niño aprende sus primeras palabras y sentencias oyéndolas y usándolas en presencia de estímulos apropiados. Estos han de ser estímulos externos, y que han de actuar a la par sobre el niño y sobre el hablante de quien el niño aprende.»* Y quizá sea cierto, pero quizá sea cierto durante la fase de aprendizaje: lo que respondería a la pregunta de si el idioma se adquiere de sopetón. Pero quizá sea también cierto que una vez alcanzado un cierto dominio del lenguaje, sean los significados de las demás cosas los que soporten el significado de las nuevas palabras aprendidas. Que ya no haga falta ni estímulos externos ni adultos a quienes copiar, que baste con la red de palabras adquiridas que den sustento al nuevo significado.

De hecho, no sería extraño que, a partir de un determinado volumen de significados aprendidos, se produjera una explosión en la adquisición del lenguaje.

Así, quizá, es que (parafraseando a Leibniz, Monadología): lo que le significa a una sustancia corresponde con lo que le significa a las otras. Hay una armonía en el conjunto de significados, no en las cosas significadas. Y esa armonía hace el contexto, puesto de que aquí se puede inducir que el contexto no depende sólo de la situación –los estímulos externos– o de la comunidad de hablantes, también está constituido por el total de palabras aprendidas hasta el momento. Leo (Quine, Naturalización de epistemología): «Tal vez pueda prescindirse, en nuestra definición de sentencia de observación, de la controvertida noción de analiticidad, a favor de este sencillo atributo de la aceptación por toda la comunidad». Para Quine la comunidad es tan poderosa que puede cepillarse la vieja idea analítica. Quizá se podría potenciar aún más esa arrolladora facilidad de la comunidad si añadiéramos otra comunidad: la de las palabras aprendidas y sus significados. Comunidades de hablantes sobre comunidades de significados…

* Hay un texto de Carnap que contradice esta afirmación, pero ahora no lo encuentro.

 

Luis