Dualismo inverso.

Schopenhauer es un dualista esencialista. Pero eso que lo hace interesante es su dualismo inverso. Al contrario que Descartes, para quien la res cogitans prima sobre la res extensa puesto que es la primera donde reside esa esencia que somos, algo que la filosofía occidental arrastraría hasta mucho después y que en buena medida llevaba arrastrando desde mucho antes, ya desde Platón –quien aparecerá más tarde, esta vez de la mano de Schopenhauer pero ya dado la vuelta–, para el alemán es la cosa extensa encarnada, esto es, el cuerpo, la que permite el acceso a la cosa cognosciente. Es porque tenemos cuerpo, que es una cosa entre las demás cosas, por lo que podemos acceder a la Idea platónica.

Es lo que llama voluntad. Concepto en el que inscribe tanto el universal-particular como las leyes de la ciencia, dado que para él esa voluntad son las relaciones que se producen entre objetos y, sobre todo producen los objetos. Aquí Schopenhauer no puede sino ser calificado como spinozista, para bien.

Y lo hace interesante porque es ese giro el que en buena medida convierte a Schopenhauer en un precursor de las metafísicas del objeto. Desde las OOO, Object Oriented Ontologies, hasta el RE, realismo especulativo. Schopenhauer intenta franquear esa puerta inaccesible que nos conduce al objeto y, a diferencia del resto de los idealistas alemanes que niegan siquiera que exista una puerta que se pueda traspasar, opina que es el conocimiento del propio cuerpo el que nos sitúa con un poco en esa Idea. O casi mejor, que es el propio cuerpo el que propicia ese encabalgamiento con la cosa en sí kantiana –que para él no es un trasunto exacto de la Idea, pero cerca anda. Y que ese acceso sólo se produce a partir de las relaciones que conforman la Idea de esa cosa en sí que es el cuerpo. Pero a diferencia de las OOO y RE, Schopenhauer sabe que sin esas relaciones no hay nada, ni siquiera cosa en sí o Idea. En vez de negar la correlación conocimiento-objeto, que es lo que ahora está en boga, afianza esa relación, dado que sin ella no habría nada que conocer. No es que no hubiera conocimiento, es que no habría nada.

Y lo hace, además, negando que ese acceso a la cosa extensa sea conceptual. Aquí es donde se distancia de Kant y se mantiene con Spinoza. Para bien también. A pesar de que, para conseguirlo, tenga que tirar de la tercera Crítica kantiana y el acceso pre-conceptual a lo sublime. Punto a su favor.

Sin embargo, y por último, me mata ese dualismo, por muy inverso que sea, porque entre ambos ámbitos, el del objeto y su conocimiento, lo que hay en realidad es una continuidad. La voluntad-esencia y su representación-conocimiento se diluyen en lo mismo: son relaciones sobre relaciones. Recursivas además; y, eso sí, siempre a partir del cuerpo –pero esa noción, la recursividad, aún no había florecido en el siglo 19. Y ahí, en la negación de la continuidad, es donde pincha. Nadie es perfecto. Porque es ahí donde asoma eso esencialista tan perturbador, que reniega de Spinoza al negar el conocimiento o su fruto como algo más que relaciones: hay objeto del conocimiento. Cuando no lo hay. Hay continuidad. La pena es que Schopenhauer tuviera que mantenerse en ese dualismo esencia-relación y no pudiera –o no se atreviera, que bastante osada era ya su propuesta, viniendo de donde venía: el imperio de Hegel y sus secuaces, con Fitche a la cabeza–. Pero esto ya es otra historia. Y, si no, que se lo digan a Whitehead.

Pd. Algo que hay que agradecer a Schopenhauer es que no cayera en el subjetivismo. Claro que tampoco se lo permitía su sistema.

 

Luis