Economía teológica.

La racionalidad es el trasunto económico del libre albedrío teológico. La decisión racional es la moderna decisión libre. Igual que hay una teología política –cuya existencia es bastante evidente, sólo hay que leer a Agustín y su La ciudad de dios para darse cuenta de que en realidad es un libro de política que encuentra en Platón el fundamento metafísico para el estatus soberano de la iglesia– y cuyo máximo exponente no es tanto la figura del dios-soberano que señalaba Schmitt como la idea de la libertad del hombre, trasunto de la potencia omnímoda del dios que, ya de paso, libera a la divinidad de toda responsabilidad moral sobre la existencia del mal, además de esa teología política, decía, hay una teología económica, cuyo máximo exponente es la racionalidad, que como la teología política también cumple un doble rol: al tiempo que otorga al humano la capacidad de ser dueño de su destino, que es otra forma de ser omnímodo, soluciona el problema del bien y el mal en términos económicos (la justicia o injusticia de cada uno de los agentes económicos que acuden al mercado ya no es responsabilidad de este sino de los propios agentes).

 

Luis