El lenguaje es barro.

El lenguaje es una herramienta de mínimos. Hablamos todo lo mal que podemos mientras podamos ser entendidos. El lenguaje siempre se ha entendido como un uso de máximos, algo que debería brillar. Y, como tal, se ha estudiado. Desde las Academias al positivismo lógico, todos son sombras de un malentendido –un malentendido que tenía que darse, que quizá no podía no darse– pero que ha durado demasiado tiempo. Porque el lenguaje nos haga brillar –es lo que nos distingue de otras especies– no por eso tenía que ser brillante. Ni nosotros, claro está. Pero desde que descubrimos que no somos brillantes, o especialmente brillantes, ese brillo metafísico es una postura difícilmente soportable –en términos argumentativos y morales– nos aferramos al brillo del lenguaje. Y hemos querido hacer de él un objeto para-luminoso. Y no. El lenguaje es sucio, es barro. Pero es el barro suficiente como para poder construir chozas de adobo primero y catedrales de mármol después.

 

Luis