Estadística, armonía y sociedad

Hay un viejo debate en la aún más vieja teología escolástica medieval sobre la justicia de un dios que predestina a la condenación eterna a un gran número de humanos. Si los salvados por la gracia son minoría, y esta minoría es una condición axiomática —un dogma de fe— de la composición de ese conjunto que es la humanidad, dios es difícilmente justo. Ese, más o menos es el problema lógico, al que se enfrenta Leibniz en la Teodicea. Y que él intenta desentrañar con argumentaciones que muchas veces pueden ser descritas formalmente utilizando lógicas de primer orden. Pero, más allá de eso, es interesante que la respuesta, o una de las respuestas posibles, también puede ser formulada en términos estadísticos. Leibniz lo plantea así :

«V. «Dios, por su infinita misericordia, ha tenido a bien librar a un pequeño número de hombres de esta condenación, y al dejarlos expuestos durante esta vida a la corrupción del pecado y a la desdicha, les ha prestado auxilios que les ponen en estado de obtener la beatitud del Paraíso que no concluirá jamás». Muchos escritores antiguos han dudado de si el número de condenados es tan grande como se imagina, según ya he observado antes; y al parecer, han creído que hay cierto término intermedio entre la condenación eterna y la perfecta beatitud. Pero no tenemos necesidad de apelar a estas opiniones; basta con que nos atengamos a las doctrinas recibidas en la Iglesia, donde se ve que esta proposición de M. Bayle debe entenderse según los principios de la gracia suficiente, que es dada a todos los hombres y que les basta con tal de que tengan buena voluntad.»

Para muchos «escritores antiguos» los salvados son «un término medio», la mitad aproximada, del total de beatos y pecadores. Hay una solución estadística para el problema de la justicia divina. Como, seguramente, la hay para el problema de la composición y distribución de las sociedades como conjuntos de la sociedad eminentemente —este es otro postulado axiomático de la distribución de la justicia— ordenadas.

Pero no queda ahí la cosa. Leibniz aplica la misma idea de distribución estadística pero ahora llevada al campo de lo individual (Teodicea):

«Es cierto que estas personas se hacen, en virtud de su negativa, más criminales de lo que sería si nada se les hubiera ofrecido, y Dios lo sabe muy bien; pero vale más permitir su crimen que obrar de manera que haría merecedor de vituperio al mismo Dios, y que daría ocasión a que los tuvieran algún motivo para quejarse, diciendo que no les era posible obrar mejor lo hayan querido o lo hubieran querido. Dios quiere que reciban las gracias de que son capaces y que las acepten, y quiere darles particularmente aquella que prevé que ellos aceptarán, pero es siempre una voluntad antecedente, desligada o particular, cuya ejecución no podrá tener siempre lugar dentro del plan general de las cosas.»

Algo más ilustrado, Kant, en otra aparición de la distribución estadística de la especie humana, que también juzga la conveniencia de dicha distribución, escribe (Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime):

«Los hombres que actúan según principios, son muy pocos, cosa que también es muy conveniente, pues con facilidad estos principios resultan equivocados […] Los que obedecen a bondad espontánea son muchos más [que los que actúan en base a principios]. […] [Sin embargo,] estos instintos virtuosos […] cumplen perfectamente el gran propósito de la naturaleza, lo mismo que los demás instintos, merced a los cuales se mueve con tanta regularidad del mundo animal. Los que, como único punto de referencia para sus esfuerzos, tienen fija ante los ojos su adorada persona y procuran hacer girar todo en torno de su egoísmo, como eje mayor, son los más, y esto viene a resultar también muy beneficioso; ellos, en efecto, son los más inteligentes, ordenados y precavidos; dan consistencia y firmeza al todo, y, sin proponérselo, son útiles en general.»

Hay una variación importante entre el primer texto de Leibniz y el último del último Kant. La distribución entre justos y no justos ha cambiado mucho. Ya son el «eje mayor». Y no sólo eso, además es algo «muy beneficioso».

Si para ambos la composición de la sociedad reflejaba la armonía universal, algo mucho más evidente en el primero, que incluso trazó una metafísica de la armonía, esa armonía siempre podrá ser representada en términos estadísticos. Porque la estadística no es otra cosa que como llamamos hoy a la armonía teleológica.

 

 

Luis