Ficción

Cero23 comenzó siendo una página de cuentos breves, que se leían en menos de 0,23 segundos, que es lo que dura un parpadeo. La intención fue promocionar mi primera novela, Artrópodos. Total, ¿quién iba a comprar un libro de un perfecto desconocido? Al final le cogí el gusto a la ficción y escribí tres novelas. E incluso hice algunos cortos animados, extraños y creo que interesantes.

A continuación, una pequeña selección de aquellos relatos breves que lo empezaron todo:

Una ligera caída

L. M. tropezó con el escalón y cayó hacía arriba. Despacio primero, más rápido después, se fue elevando con el cielo como destino. Subió un metro, dos, tres… enseguida dejó las farolas debajo. En su subida, inlcuso tuvo tiempo de saludar a los vecinos del sexto, reunidos para una cena familiar. Muy pronto vio azoteas. Y aún, vio como eran cubiertas por nubes. Hoy vive rodeado de Pokemons, unicornios y Winnie de Poohs, en el sitio donde acaban todos los globos llenos de helio que pierden los niños.


Frascos adosados

L. M. perteneció a la primera generación que prescindió de su cuerpo. Una generación decidió extirparse el cerebro y vivir un frasquito. Gracias a las conexiones telepáticas con el gran ordenador central ya no eran necesarias las extremidades. Bastaba con pensar algo para hacerlo. Al principio todo eran ventajas. Había tanto espacio disponible que los frascos tenían parcelas, jardines e, incluso, los había que daban al mar. Pero enseguida empezaron a aparercer los frascos adosados, frente a autopistas. Se crearon guetos y aparecieron los primeros sin-frasco.


Última voluntad

Querida familia,

Llegado el triste momento en el que este cuerpo ya no me soporte más y abandonar para siempre, os pediría que siguieseis estas sencillas instrucciones:

1.- En vez de inhumado o cremado, preferiría ser disecado.

2.- En vez de enterrado o esparcidas mis cenizas por ahí, desearía que sentaseis mi cuerpo en el sofá del salón. En camiseta y calzoncillos.

3.- En vez de descansar eternamente, me gustaría estar frente a la televisión encendida, para siempre. Con el mando a distancia en la mano, apuntando al monitor y el dedo pulgar pulsando sin fin el botón del siguiente canal.

El volumen de la televisión, alto, bajo o apagado. Eso lo dejo a vuestro gusto.

Atentamente,

L.M.


El asesinato como una de las bellas artes

En nuestro intestino residen unas bacterias sin las cuales pereceríamos. Y sin nosotros, ellas perecen. Esas inseparables compañeras de viaje no son nosotros; ni nosotros somos ellas. Pero ninguno de los podemos sobrevivir sin la presencia del otro. En 2005 L. M. descubrió cómo exterminarlas sin afectar en principio al organismo que las aloja. Ayer fue exculpado en su 32 juicio por asesinato.


Poder vegetal

Tal como esperábamos, el especimen no presenta los problemas de conducta esperados. Responde adecuadamente a los estímulos. Incluso creo que ya hemos establecido una rutina. Ha bastado con que hiciera brotar un par de capullos para que el sujeto se acerque a mi cada vez más. Ya no sólo me riega cada dos días, sino que hasta intenta comunicarse. De momento no son más que músicas y palabras vacías. Pero muy pronto comenzará a contarme sus más íntimos secretos.


Mi pequeño parque temático

Mi padre viajaba mucho por motivos profesionales. Y de cada viaje me traía una reproducción a escala del monumento orgullo local. Llegué a tener un pequeño museo arquitectónico en miniatura. El Empire State Building. La torre Chrysler. Las torres de Eiffel y de Pisa. Un Partenón. La estatua de la Libertad. La torre Sears de Chicago, entonces la más alta del mundo. El Big Ben. Hasta una pirámide de Egipto y una virgen polaca de Chestokowa. En mis mejores momento infantiles, soñaba que la mía era una familia de King Kongs y que mi padre secuestraba monumentos para mi pequeño parque temático.


Pompa

Ayer por la noche mientras fregaba los cacharros salió una pompa del sumidero del fregadero. Y empezó a crecer. Tanto que tuve que dejar de fregar, al impedir que el agua escurriese cañería abajo. Cuando fui a explotarla, no pude. Ni con el cuchillo de la cocina. Es más, cuanto más la pinchaba, más dura se hacía. Y más grande. Cuando me acosté ya asomaba por encima de la encimera. Esta mañana me he ido a trabajar sin desayunar, no podía entrar en la cocina.


Lavavajillas

Mi sistema nervioso central está en un error. Está empeñado en chutarme endorfinas y oxitocinas cada vez que pongo el friegaplatos. Cree que si me genera esa dulce sensación de bienestar que es el enamoramiento voy a sentirme atraído hacia el electrodoméstico; que si me produce esas agradables palpitaciones que anticipan el deseo voy a dar mi brazo a torcer. Pero se equivoca. Yo jamás dejaré al microondas.


El hombre desmontable

Primero ha sido el pelo. Casi todo el pelo. Luego, un ojo. Le siguió la ceja. Una oreja. Un pecho. Y ahora un omoplato. De repente, me estoy desmontado. Me estoy cayendo a cachos. Me pregunto si cuando todas las piezas estén en el suelo, volveré a ensamblarme. Y si volveré a ensamblarme en el mismo.


El fonambulista

Seguí el camino hasta el río, donde tome el puente. Era un puente amplio, liso, cómodo, desde el que se veía al agua fluir salvaje unos cuantos metros más abajo. No llevaba dos minutos andando, cuando el puente comenzó a estrecharse. Al comienzo pensé que se volvería a ensanchar, pero cada vez es más angosto. Si sigue así, el camino se va a convertir en una línea por la que tendré que caminar de puntillas.


Timer

Desde que ingresó en el hospital programa la televisión para que se apague cada dos horas. Dice que no quiere morirse y dejar la tele encencida.


Organización

Los leopardos cazan babuinos durante la noche. Los babuinos cazan leopardos durante el día.


Amor silicio

En el momento en que el ordenador central constató que la colisión de la nave de carga con el satélite sería fatal rompió todos los protocolos. Dejó de calcular trayectorias, gestionar recursos y programar consumos para dedicar toda su potencia de cálculo a conseguir que la tripulación se amara. Que capitana y copiloto se entregaran en un amor olímpico. Y cuando alcanzasen ese momento más alto, más fuerte, más rápido, hacer explotar la nave en mil pedazos luminosos.


El niño frasco

L. M. nació en un frasco, envasado. Cuando la comadrona que atendía el parto vio salir la tapa, no podía imaginar que detrás venía un recipiente de cristal transparente envasado al vacío. Cual no sería su sorpresa al comprobar que, una vez extraído y lavado, el tarro contenía un niño sano de unos dos kilos y medio. Y que, sorpresa sobre sorpresa, el frasco, además, iba perfectamente etiquetado. Con sus reglamentarias lista de ingredientes y su fecha de caducidad.


Brasil

L. M. atracó un furgón blindado. Llegó al mostrador de Iberia del Aeropuerto y pidió dos billetes en el primer avión que despegara hacia Brasil. Uno en primera clase y otro en la parte trasera del aparato. Justo donde los motores de cola. Uno para él y otro para su conciencia.


Cuenta cuentos

Un día el ordenador central de la nave dejó de repetir las coordenadas de navegación y comenzó a contar cuentos. Primero contó uno de una oveja daltónica que se muere de hambre porque ve el pasto azul y cree que es cielo. Luego contó otro de un niño muerto porque una tarde aciaga dos familias de bacterias residentes en su intestino se enfrentaron en una lucha fraticida. Más tarde contó el de la pareja de mosquitos que se casaron borrachos tras darse un banquete con la clientela de un bar. Continuó con aquel que un día el ordenador central de la nave dejó de repetir las coordenadas de navegación y comenzó a contar cuentos.


Rorschach

L. M. nació con una mancha en la frente. Un pequeño lunar que fue creciendo hasta convertirse, ya en plena adolescencia, en un lamparón marrón oscuro desparramado, una mariposa, desleída y simétrica como un manchurrón de los tests de Rorschach. Desde entonces, todos el mundo le habla de sexo a todas horas.


Aunque podría extenderla aún más, fueron casi dos años escribiendo cuentos, hasta aquí la compilación. Muchas gracias.