Las bodas imposibles de Narciso y Asterix

Bajando por Montera, Madrid

El otro día, paseando por Madrid, caí en que Narciso ha despertado de la irrealidad del mito y se ha hecho cuerpo. Hay cada vez más parejas cuyos dos miembros son el mismo. Vestidos iguales, peinados iguales, andares iguales, gestos iguales. Los de la foto hasta la barba cortaban igual. Como si la homosexualidad –homosexualidad porque durante mi paseo vi varias parejas homosexuales que respondían a esta descripción, pero no descartaría que el mismo fenómeno se produjera igualmente entre parejas hetero– hubiera desembocado en unisexualidad o casi onasexualidad, dado que es muy posible que el cuerpo del otro también responda a idénticos patrones identitarios que el resto de los atributos de los amantes: los mismos músculos de gimnasio, los mismos tatuajes, los mismos aretes en los pezones. Algo así como un amor carnal entre gemelos sin que haya similitud genética alguna. En su ser idénticos definen su identidad y en su quererse a sí mismos a través del otro idéntico son la encarnación perfecta de Narciso. Ambos Yoes son, para el otro Yo, el otro-yo perfecto. Su máximo exponente. Ese sujeto del que hablo en Dejad que las máquinas se acerquen a mí, que es tan Yo para mí que mí mismo –o, en otros términos, que es tan poco amenzante para mí como mí mismo: el otro visible, el que entra en mis selfis tanto como yo en los suyos– y que, al mismo tiempo, proyecta esa identidad que es mi Yo mucho más allá de mí a modo de una caja de resonancia; una categoría que se distingue porque la cercanía a mí del otro-yo define nuevos modos de otredad, el otro-radical o el otro-entidad. Y que esa otredad-yo se produzca a través de un amor abre un precioso juego de espejos y afectos casi barroco. Ambos Narcisos amándose al otro se aman a sí mismos; ellos son sus reflejos, además de sí mismos. Son sus Yoes y otros. Sus otro-yo. Y como ya hubiera querido Narciso, pueden acariciar a su reflejo, besarlo, amarlo, como se amarían a sí mismos. Todo hacia-el-otro pasa a ser auto, el otro y lo mismo se confunden en un gemido y se confunden de camisa en un armario repleto de ropajes duplicados. ¿Cuál es mi polla? como ¿cuál es mi cazadora? Los puntos de vista, las subjetividades dejan de alzarse mediante el intercambio –pienso aquí en el afamado diálogo hegeliano entre las miradas del maestro y el siervo–, deja de haber inter-subjtividad, para fundirse en una dinámica identitaria adialéctica. Algo así como la intro-subjetividad. Ya no soy atributo alguno por negación y mucho menos síntesis de los atributos del otro, ya no me defino por lo que el otro no es y en ambas negaciones se producía una negociación que hacía entendernos como lo que somos, unos y otros, y al tiempo avanzar hacia un cierto nosotros, aunque sea relativo: en este nuevo Narciso soy porque soy los atributos del otro y el otro es los míos, nada más. La positiva identidad de lo idéntico, en la que nada se niega porque sería como negarme a mí mismo. Pura reafirmación de lo que soy como yo y como otro. Y en esa confusión de unos y otros emergen otros otros, otras otredades, otros distintos: todos aquellos cuyo reflejo no cabe en ese espejo narcisista.

Y, sobre todo, desaparece el nosotros.

Si ambos somos Yo, ¿para qué necesitamos la primera persona del plural? La identidad de lo mismo no requiere plural porque el plural ya es imposible. Es la identidad de uno, aunque ese uno sea múltiple. O al menos duplo. El nos-otros aparece como unidad en el otro-yo por con-fusión y com-unión. Somos un muro de Yo infranqueable, monolítico. El nosotros desaparece bajo todos esos Yoes que, aún siendo otros, permanecemos Yo. Desaparece bajo una amalgama, una aleación de Yoes idénticos que somos los otros-yo. Toda la positividad identitaria del nos– aparece como difuminada, transparente frente a la monolítica positividad idéntica, absoluta de los otros-yo. Los otros-yo en los que me incluyo y me incluyen. Con los que me fusiono y me uno, somos Yo, ya sin prefijos asociativos. ¿Para qué, si ya no hay nadie con quien con-formar sociedad? Y no, no es que ya no exista la sociedad, como propuso Thatcher, es que lo que ya no existe es el individuo, como propuso Deleuze: existe un Yo mayúsculo, mayestático. No existe el cesto social porque sólo hay un mimbre: Yo. Nada más.

Y con la desaparición del nosotros desaparece el vosotros.

Si no nos distinguimos como grupo, como nos-, no podemos reconocer a los que no son otros-yo como grupo. No hay prefijos asociativos. No hay reciprocidad en el reconocimiento. No hay vos-, no existe la segunda persona porque toda la positividad del reconocimiento está dedicada en exclusiva para el reconomicimiento de mí mismo y mis otros-yo. Luego los otros son el ellos, no pueden ser otra cosa. No hay aparecer intermedio. Vosotros designaba a otros, sí reconocibles, pero todo el reconocimiento es ya imposible: vosotros refería a un espejo en el que nos reflejábamos nosotros. Ya no. Ahora todos los otros que no son otros-yo son un espejo que no refleja nada. No reflejan una imagen distorsionada, como los espejos deformadores de las atracciones de principios del siglo pasado; simplmente no reflejan nada. Y eso asusta. Son el ellos difuso. Sin límites. Sin centro ni lindes y, por tanto, sin posibilidad de constituir grupo. Nunca constituirán unidad y nunca resultarán de la suma de unidades. Incontables. Masa, en la acepción gramatical de sustantivos de masa. Y, sobre todo, negativo. El ellos compuesto por los que nunca habrá fusión posible. Aquellos que nunca serán tan Yo para mí como yo mismo –o, en otros términos, que tan amenazantes para mí como lo no reconocible, lo nunca familiar: pura negación de lo que soy: invisibles, como los dos sin-techo que aparecen sentados en el suelo delante de los dos amantes de la fotografía que ilustra esta entrada– y frente a los cuales proyecto esa identidad que es mi Yo mucho más allá de ellos, a modo de caja oscura. Son los ellos porque son la negatividad absoluta. Y en esa imposibilidad del nosotros todo otro queda condenado a la distancia del ellos. Todos ellos son o bien otro-radical o bien otro-entidad. La otredad ha quedado reducida o bien al humano que jamás será uno y, mucho menos, uno conmigo, o bien a la máquina que, de momento, ni siquiera puede aspirara a participar de la otredad de ese otro otro, el otro-radical, quien además, y también de momento, tiene el monopolio de la amenaza. Del pánico.

Y ahora vamos con Asterix:

Quizá el mejor ejemplo para de ese otro-radical sea ISIS. Son la negatividad absoluta, el espejo vacío, allí no se refleja nada. El agujero negro de las proyecciones identitarias para el otro-yo. El conjunto vacío de una dialéctica de la identidad. Ni siquiera generan antítesis. Y no la generan porque no hay lenguaje común. In-comprensibles. In-identificables. In-aceptables. Perdidos los prefijos asociativos comienzan los prefijos de oposición. No hay reciprocidad posible. Son la in-inteligibilidad radical –un espacio político, el de la ininteligibilidad, por el que, por cierto, muchos apostamos con Butler tras leer El género en disputa. Seguro que la comparación es injusta, que allí se trataba de erradicar el género del diccionario y sus performatividades, pero no he podido remediar realizar la asociación; y es injusta porque no es del todo exacta: la ininteligibilidad de Butler es la ininteligibilidad de las categorías políticas y el lenguaje con el que son aplicadas, es la ruptura de la performatividad y sus códigos normativos, sin embargo, la ininteligibilidad de DAESH es la ininteligibilidad de la desaparición de todo lenguaje y la imposición radical de una única categoría política, es la imposición performativa de un código normativo sin mediación de lenguaje alguno, tal como sucede en los Evangelios Apócrifos, cuando los deseos y caprichos de un Jesús chaval se cumplen sin necesidad de verbalización. Fracasado el diálogo de miradas hegeliano, Butler busca crear nuevos espacios para la discusión o al menos de abrir los espacios de discusión existentes a nuevas formulaciones; aquí tratan de cerrarlos. Creo que ya he aclarado la diferencia–. Y no podía ser de otra manera. La no-reprocidad es tanto la causa como el efecto de la negación de cualquier manifestación del Yo que no sea el ellos. Para que se den tanto el otro-yo como el otro-radical es necesario que exista ese espacio de oposición absoluta. Sin él, ni uno ni otro serían posibles. El otro-yo lo es porque el desencuentro con el otro-radical es total. Ese espacio donde como la ininteligibilidad de Asterix y su aldea para el romano. Son reductos donde un ellos mítico vive atrincherado, resistente frente a la presión igualadora del otrosyo al concentrar innúmeras virtudes diferenciales, casi siempre origen de relatos étnicos o religiosos (curioso que ambos atributos compartan muchas veces relato original; y curioso lo poco que se ha reparado en ello) y sobre las que recae el futuro de la especie. Son la resistencia. Ese ellos que, por encontrarse enfrentados al poder, lo son: ellos. De imposible con-fusión, de imposible com-unión.

Sin embargo, y esto es lo interesante porque no hace sino profundizar la brecha entre ambos otros, el –yo y el –radical, ISIS no es el resultado de una herencia histórica diferencial de la que resulta su exclusión del otro-yo: ISIS no son los reyes magos de Oriente que no sabemos ni a qué responden ni cómo han llegado hasta aquí; ISIS es el otro-radical porque no puede integrarse en el otro-yo. ISIS no son la resistencia, ISIS son los excluidos que quieren volver a entrar. ISIS no es un ellos; ISIS es un nosotros a los que no consideramos como tal y que, a bombas y degollaciones como no-argumentos performativos –su renuncia al lenguaje es tal que incluso sus videos promocionales son hechos: no son enunciados sino acciones y por eso no pueden dejar de acometer lo que prometen, en una mala adaptación contemporánea del Jesús apócrifo con estética de trailer de videojuego: un medio, por cierto, en el que todo enunciado es siempre una acción– , llama a las puertas del otro-yo. Sí, son musulmanes y abogan por un califato; pero ese espacio de desencuentro está diseñado, sí, diseñado, desde la mirada de Occidente. Al contrario de Al-Qaeda que derribó las torres que como columnas pensó sujetaban el cielo sobre el imperio, DAESH parece más una mala lectura del Corán pasada por GTA que la tierra prometida del mítico califato. Y la referencia al videojuego no es banal, como tampoco lo es en sus videos. GTA es un juego en el que un mundo nihilista convierte a todo usuario en nihilista, en el que la performatividad del lenguaje no existe porque no existe el lenguaje: todo son acciones y, como tales, argumentos irrebatibles. Ahí el único código moral posible es lo hecho, el acto realizado y su redención en términos de poder. No se trata tanto de que ISIS quiera desterrar el otro-yo sino de reencontrarse con él. A diferencia de Asterix, no quiere profundizar los muros que le diferencian del romano, ISIS quiere derrumbar esos muros y que aplasten al romano, una venganza porque no le permite ser como él. Ser él.

Con-fundirse. Com-ulgar.

 

Luis