Mood Indigo.

Un aviso previo: esta es una pieza de un bajista excepcional.

En Mood Indigo Mingus le da la vuelta a la idea del quinteto de jazz. Y eso me encanta. Hace que la banda haga su papel de bajo, que establezca y mantenga la estructura de la pieza, para que él juegue –play– el papel del solista. Y que, una vez conseguido ese espacio, no se pierda en las veleidades del virtuoso à la Pastorious. Al contrario, el tema es un ejercicio de contención. De la banda, que ejecuta el rol del bajo, manteniendo no sólo el compás sino también la armonía y el tempo, y desde ahí lanzarse él a otro ejercicio de contención. Podría haberse sumergido en la improvisación feroz del final del bebop y comienzos del free, que es lo que tocaba en aquellos años, pero prefiere mantenerse en esos tempos y esas armonías. En vez de lanzarse a un solo interminable que empieza con el instrumento hablando pero que, de tanto hablar solo, culmina en un griterío, como suele suceder en estos solos, que terminan siendo una demostración de poderío ensordecedor, Mingus hace susurrar su contrabajo durante más de 4 minutos, manteniéndose en una de las líneas melódicas más delicadas que se pueden escuchar en el género. Cambia todos los papeles del quinteto para generarse un espacio, pero su voz en vez de atronar desde el púlpito, murmulla al oído del amigo. Es, en resumen, un giro copernicano a la idea de banda para mantenerse en el mismo sitio. Es verdad que casi siempre es mejor aventurarse hacia adelante à la Coleman –que conste que ni sé ni quiero resistirme a la sonoridad de su saxo de plástico blanco–, anticipando lo que vendrá después, pero hay quien tiene el genio suficiente de, permaneciendo en su momento, lo destroza. Ese es el genio de Mingus.

 

Luis