Etnografía y verdad por consenso.

La etnografía última tiende cada vez más a la utilización de la auto-exploración, una técnica tradicionalmente proscrita, Y, a partir de ese momento, la auto-exploración es tomada como un argumento ad hominem positivo. Si en la falacia ad hominem se atacaba al argumento confundiéndolo con la persona, en esta auto-exploración nueva la persona, su biografía se convierte en el soporte del argumento. En su fundamentación. Esto, que podría entenderse como un ataque a cualquier teoría desarrollada a partir de la identidad, es más bien un síntoma de otra enfermedad, no tanto de la posible falacia ad hominem de la auto-exploración –que es la conclusión a la que llegaría alguien con la mirada estrecha del telescopio–, como de la destitución de criterio de verdad por consenso que cohesionaba el discurso. Una erosión que en buena medida era buscada por las propias teorías de la identidad. Una erosión necesaria, además. Porque bajo la verdad por consenso yacía sepultada la variedad identitaria, necesaria para la eclosión de subjetividades no consensuadas. Y, sobre todo no-consensuales. Ahora bien, ¿es esa una demolición definitiva o un paso necesario pero coyutural para la apertura a nuevos consensos, más amplios? ¿Es necesaria que la sociedad consensúe una verdad para ser considerada sociedad?

 

Putada.

La putada de los libros es que hay que leerlos.

 

Mood Indigo.

Un aviso previo: esta es una pieza de un bajista excepcional.

En Mood Indigo Mingus le da la vuelta a la idea del quinteto de jazz. Y eso me encanta. Hace que la banda haga su papel de bajo, que establezca y mantenga la estructura de la pieza, para que él juegue –play– el papel del solista. Y que, una vez conseguido ese espacio, no se pierda en las veleidades del virtuoso à la Pastorious. Al contrario, el tema es un ejercicio de contención. De la banda, que ejecuta el rol del bajo, manteniendo no sólo el compás sino también la armonía y el tempo, y desde ahí lanzarse él a otro ejercicio de contención. Podría haberse sumergido en la improvisación feroz del final del bebop y comienzos del free, que es lo que tocaba en aquellos años, pero prefiere mantenerse en esos tempos y esas armonías. En vez de lanzarse a un solo interminable que empieza con el instrumento hablando pero que, de tanto hablar solo, culmina en un griterío, como suele suceder en estos solos, que terminan siendo una demostración de poderío ensordecedor, Mingus hace susurrar su contrabajo durante más de 4 minutos, manteniéndose en una de las líneas melódicas más delicadas que se pueden escuchar en el género. Cambia todos los papeles del quinteto para generarse un espacio, pero su voz en vez de atronar desde el púlpito, murmulla al oído del amigo. Es, en resumen, un giro copernicano a la idea de banda para mantenerse en el mismo sitio. Es verdad que casi siempre es mejor aventurarse hacia adelante à la Coleman –que conste que ni sé ni quiero resistirme a la sonoridad de su saxo de plástico blanco–, anticipando lo que vendrá después, pero hay quien tiene el genio suficiente de, permaneciendo en su momento, lo destroza. Ese es el genio de Mingus.

 

Apología de la diferencia.

Tener una idea que lo explica todo es como pretender grabar un disco que contenga todas las músicas o escribir un libro que los resuma todos.

 

Dualismo inverso.

Schopenhauer es un dualista esencialista. Pero eso que lo hace interesante es su dualismo inverso. Al contrario que Descartes, para quien la res cogitans prima sobre la res extensa puesto que es la primera donde reside esa esencia que somos, algo que la filosofía occidental arrastraría hasta mucho después y que en buena medida llevaba arrastrando desde mucho antes, ya desde Platón –quien aparecerá más tarde, esta vez de la mano de Schopenhauer pero ya dado la vuelta–, para el alemán es la cosa extensa encarnada, esto es, el cuerpo, la que permite el acceso a la cosa cognosciente. Es porque tenemos cuerpo, que es una cosa entre las demás cosas, por lo que podemos acceder a la Idea platónica.

Es lo que llama voluntad. Concepto en el que inscribe tanto el universal-particular como las leyes de la ciencia, dado que para él esa voluntad son las relaciones que se producen entre objetos y, sobre todo producen los objetos. Aquí Schopenhauer no puede sino ser calificado como spinozista, para bien.

Y lo hace interesante porque es ese giro el que en buena medida convierte a Schopenhauer en un precursor de las metafísicas del objeto. Desde las OOO, Object Oriented Ontologies, hasta el RE, realismo especulativo. Schopenhauer intenta franquear esa puerta inaccesible que nos conduce al objeto y, a diferencia del resto de los idealistas alemanes que niegan siquiera que exista una puerta que se pueda traspasar, opina que es el conocimiento del propio cuerpo el que nos sitúa con un poco en esa Idea. O casi mejor, que es el propio cuerpo el que propicia ese encabalgamiento con la cosa en sí kantiana –que para él no es un trasunto exacto de la Idea, pero cerca anda. Y que ese acceso sólo se produce a partir de las relaciones que conforman la Idea de esa cosa en sí que es el cuerpo. Pero a diferencia de las OOO y RE, Schopenhauer sabe que sin esas relaciones no hay nada, ni siquiera cosa en sí o Idea. En vez de negar la correlación conocimiento-objeto, que es lo que ahora está en boga, afianza esa relación, dado que sin ella no habría nada que conocer. No es que no hubiera conocimiento, es que no habría nada.

Y lo hace, además, negando que ese acceso a la cosa extensa sea conceptual. Aquí es donde se distancia de Kant y se mantiene con Spinoza. Para bien también. A pesar de que, para conseguirlo, tenga que tirar de la tercera Crítica kantiana y el acceso pre-conceptual a lo sublime. Punto a su favor.

Sin embargo, y por último, me mata ese dualismo, por muy inverso que sea, porque entre ambos ámbitos, el del objeto y su conocimiento, lo que hay en realidad es una continuidad. La voluntad-esencia y su representación-conocimiento se diluyen en lo mismo: son relaciones sobre relaciones. Recursivas además; y, eso sí, siempre a partir del cuerpo –pero esa noción, la recursividad, aún no había florecido en el siglo 19. Y ahí, en la negación de la continuidad, es donde pincha. Nadie es perfecto. Porque es ahí donde asoma eso esencialista tan perturbador, que reniega de Spinoza al negar el conocimiento o su fruto como algo más que relaciones: hay objeto del conocimiento. Cuando no lo hay. Hay continuidad. La pena es que Schopenhauer tuviera que mantenerse en ese dualismo esencia-relación y no pudiera –o no se atreviera, que bastante osada era ya su propuesta, viniendo de donde venía: el imperio de Hegel y sus secuaces, con Fitche a la cabeza–. Pero esto ya es otra historia. Y, si no, que se lo digan a Whitehead.

Pd. Algo que hay que agradecer a Schopenhauer es que no cayera en el subjetivismo. Claro que tampoco se lo permitía su sistema.