Mood Indigo.

Un aviso previo: esta es una pieza de un bajista excepcional.

En Mood Indigo Mingus le da la vuelta a la idea del quinteto de jazz. Y eso me encanta. Hace que la banda haga su papel de bajo, que establezca y mantenga la estructura de la pieza, para que él juegue –play– el papel del solista. Y que, una vez conseguido ese espacio, no se pierda en las veleidades del virtuoso à la Pastorious. Al contrario, el tema es un ejercicio de contención. De la banda, que ejecuta el rol del bajo, manteniendo no sólo el compás sino también la armonía y el tempo, y desde ahí lanzarse él a otro ejercicio de contención. Podría haberse sumergido en la improvisación feroz del final del bebop y comienzos del free, que es lo que tocaba en aquellos años, pero prefiere mantenerse en esos tempos y esas armonías. En vez de lanzarse a un solo interminable que empieza con el instrumento hablando pero que, de tanto hablar solo, culmina en un griterío, como suele suceder en estos solos, que terminan siendo una demostración de poderío ensordecedor, Mingus hace susurrar su contrabajo durante más de 4 minutos, manteniéndose en una de las líneas melódicas más delicadas que se pueden escuchar en el género. Cambia todos los papeles del quinteto para generarse un espacio, pero su voz en vez de atronar desde el púlpito, murmulla al oído del amigo. Es, en resumen, un giro copernicano a la idea de banda para mantenerse en el mismo sitio. Es verdad que casi siempre es mejor aventurarse hacia adelante à la Coleman –que conste que ni sé ni quiero resistirme a la sonoridad de su saxo de plástico blanco–, anticipando lo que vendrá después, pero hay quien tiene el genio suficiente de, permaneciendo en su momento, lo destroza. Ese es el genio de Mingus.

 

Apología de la diferencia.

Tener una idea que lo explica todo es como pretender grabar un disco que contenga todas las músicas o escribir un libro que los resuma todos.

 

Dualismo inverso.

Schopenhauer es un dualista esencialista. Pero eso que lo hace interesante es su dualismo inverso. Al contrario que Descartes, para quien la res cogitans prima sobre la res extensa puesto que es la primera donde reside esa esencia que somos, algo que la filosofía occidental arrastraría hasta mucho después y que en buena medida llevaba arrastrando desde mucho antes, ya desde Platón –quien aparecerá más tarde, esta vez de la mano de Schopenhauer pero ya dado la vuelta–, para el alemán es la cosa extensa encarnada, esto es, el cuerpo, la que permite el acceso a la cosa cognosciente. Es porque tenemos cuerpo, que es una cosa entre las demás cosas, por lo que podemos acceder a la Idea platónica.

Es lo que llama voluntad. Concepto en el que inscribe tanto el universal-particular como las leyes de la ciencia, dado que para él esa voluntad son las relaciones que se producen entre objetos y, sobre todo producen los objetos. Aquí Schopenhauer no puede sino ser calificado como spinozista, para bien.

Y lo hace interesante porque es ese giro el que en buena medida convierte a Schopenhauer en un precursor de las metafísicas del objeto. Desde las OOO, Object Oriented Ontologies, hasta el RE, realismo especulativo. Schopenhauer intenta franquear esa puerta inaccesible que nos conduce al objeto y, a diferencia del resto de los idealistas alemanes que niegan siquiera que exista una puerta que se pueda traspasar, opina que es el conocimiento del propio cuerpo el que nos sitúa con un poco en esa Idea. O casi mejor, que es el propio cuerpo el que propicia ese encabalgamiento con la cosa en sí kantiana –que para él no es un trasunto exacto de la Idea, pero cerca anda. Y que ese acceso sólo se produce a partir de las relaciones que conforman la Idea de esa cosa en sí que es el cuerpo. Pero a diferencia de las OOO y RE, Schopenhauer sabe que sin esas relaciones no hay nada, ni siquiera cosa en sí o Idea. En vez de negar la correlación conocimiento-objeto, que es lo que ahora está en boga, afianza esa relación, dado que sin ella no habría nada que conocer. No es que no hubiera conocimiento, es que no habría nada.

Y lo hace, además, negando que ese acceso a la cosa extensa sea conceptual. Aquí es donde se distancia de Kant y se mantiene con Spinoza. Para bien también. A pesar de que, para conseguirlo, tenga que tirar de la tercera Crítica kantiana y el acceso pre-conceptual a lo sublime. Punto a su favor.

Sin embargo, y por último, me mata ese dualismo, por muy inverso que sea, porque entre ambos ámbitos, el del objeto y su conocimiento, lo que hay en realidad es una continuidad. La voluntad-esencia y su representación-conocimiento se diluyen en lo mismo: son relaciones sobre relaciones. Recursivas además; y, eso sí, siempre a partir del cuerpo –pero esa noción, la recursividad, aún no había florecido en el siglo 19. Y ahí, en la negación de la continuidad, es donde pincha. Nadie es perfecto. Porque es ahí donde asoma eso esencialista tan perturbador, que reniega de Spinoza al negar el conocimiento o su fruto como algo más que relaciones: hay objeto del conocimiento. Cuando no lo hay. Hay continuidad. La pena es que Schopenhauer tuviera que mantenerse en ese dualismo esencia-relación y no pudiera –o no se atreviera, que bastante osada era ya su propuesta, viniendo de donde venía: el imperio de Hegel y sus secuaces, con Fitche a la cabeza–. Pero esto ya es otra historia. Y, si no, que se lo digan a Whitehead.

Pd. Algo que hay que agradecer a Schopenhauer es que no cayera en el subjetivismo. Claro que tampoco se lo permitía su sistema.

 

Memoria del presente.

Al contrario de lo que decía Platón en el Fedro, que la escritura iba a acabar con la memoria, yo creo que la potencia. Y que esa potenciación, llevada a la hipertrofia en las RRSS, genera una hiperinflación de la memoria que no hace sino anclarnos a y en nosotros mismos. Una la hipertrofia de la memoria de lo que somos en tiempo real, además. Somos el memorioso Funes borgiano de lo inmediato. Y creo que eso nos ahoga en lo que somos. Y, frente a esa memoria, no podemos sino aparecer siempre desmejorados. O como lo escribí para Mundo-hecho:

 

Dos vistas de Leslie, el huracán.

Las fotos son de Palma y Cala Gamba, tras el paso del Huracán Leslie. El texto es de las notas del Popol Vuh, edición de Alianza Editorial.

 

El Mercado Perpetuo. Hacia la invivibilidad de la vida

Esto es parte de algo que algún día explorará ese concepto, la invivibilidad de la vida que nos vemos obligados a vivir. Diría algo más al respecto, pero la mera idea de tener que expresar conceptos así para poder sobrevivir me parece ya lo suficientemente expresiva.

 

 

El texto puede descargarse aquí. (Como siempre, no está editado. ¿Para qué?)

Muchas gracias.

 

Refutación del anti-realismo

Imagina un mundo en el que todo fenómeno parte de la mente, à la Berkeley sí, pero también à la Kant, o à la Albano y su Fenomenología, si queremos una referencia actualizada, un mundo en el que, además, hay una «conexión mágica» entre el objeto referido y el pensamiento (o su símbolo), como ejemplifica Putnam al comienzo de Razón, verdad e historia, y ahora déjate llevar por esa imaginación y piensa que eres un cerebro que habita ese mundo mientras vas a comprar pan. Sales da casa, abres la puerta, hace calorcillo bajo el sol del mediodía, llevas la bolsa de cuadros rojos y blancos con la palabra «Pan» bordada en azul, entras en la panadería, hay cola, «Buenos días», «Para ser septiembre qué calor hace todavía»… ¡y todavía no has comprado el pan!
¿No sería mucho mas eficiente que hubiera algún tipo de correlación, tanto en la producción del fenómeno como en la atribución de significado, entre el mundo y sus objetos y mi cerebro? Si yo fuera mi cerebro preferiría que fuera así.

 

El desplazamiento ontológico.

Esto es un capítulo que he escrito para Tamagotchi, como agradecimiento a la presentación que vamos a hacer en Vigo el fin de semana del 23 de junio. Es poco más que un juego virtuoso entre la pregunta ¿Qué somos? y las respuestas que nos ofrece la ciencia ficción.

 

 

Es muy probable que ese texto tal cual o, al menos, una versión muy parecida aparezca en la edición definitiva de Tamagotchi. ¿Cuándo? Ni idea. Pero, mientras, el texto puede descargarse aquí. (Como siempre, no está editado. ¿Para qué?)

Gracias.

 

Gerontocracia, química y clase. 

La clase propietaria toma Viagra. La dirigente, cocaína. Y la explotada MDMA. Las dos primeras consumen drogas se la actuación, la tercera de la felicidad. 

 

Mamá orfidal.

El confort acolchado de la clase media sin pertenecer a la clase media. La clase media como modelo de bienestar universal. 

Igual que FIFA17 no imita el fútbol sino la retransmisión de un partido de futbol el orfidal no genera bienestar sino la representación de un bienestar. La sensación de una representación –inmenso truécano barroco químico. Y, además, político: porque ese bienestar representado es un bienestar de clase. 

Y es que uno ya no es de un país ni siquiera de un nivel de vida. Uno es de la representación de ese nivel de vida.

Y las representaciones, como los sueños, son inasibles. 

 

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