Síndrome del cerebro desubicado

Imaginemos que pudiera darse el Síndrome del cerebro desubicado por el que el paciente sufriera un desplazamiento temporal en sus categorías mentales. Que, por ejemplo, viviera totalmente integrado en nuestro siglo pero su Yo estuviera integrado por arquitecturas categoriales del siglo 12. ¿Lo distinguiríamos? Yo apuesto que no. Que sería un retrógrado en la larga clase de retrógrados que pueblan el planeta. Y no me extrañaría que no fuera siquiera un caso límite. La mayoría de edad que había alcanzado la humanidad no puede ser absoluta ni universal ni necesaria, no todos los humanos tienen que tener la misma edad mental. Es un simple problema de distribución estadística, a partir de un determinado umbral de humanos que hayan alcanzado esa edad inmediatamente le sigue el resto. Y tampoco es necesario que esa distribución sea universal, basta con que se de en los humanos cercanos a los centros de poder. Ni que esos cambios en la distribución en la población se produzcan en tiempos largos, un siglo pongamos. Desde la publicación de las Noventa y cinco tesis de Lutero al cisma cristiano pasaron apenas 50 años. Si bien cierto que era algo que venía de mucho más atrás. Eso es cierto. Pero es muy probable que ese tiempo difuso que va desde los primeros malestares hasta la proclamación primera, un tiempo de muy difícil cálculo es el mismo tiempo que, con la misma dificultad de cálculo, lleva al cambio en la distribución. Calculado uno, calculado el otro.

Y no se trata de la Paradoja de Sorités porque es un problema estadístico. No se trata de saber cuándo las piedras conforman un montón sino, dado un universo de gente que coge piedras, pasa a llamarlas un montón de piedras. Cuándo se construye la categoría montón en esa población. ¿En qué momento esa población sabe que tiene un montón en la mano? ¿Y, tan interesante, si ese montón se mantiene estable en el tiempo? ¿Podría darse el cambio a lo largo de una vida?

Lo que lleva a otra pregunta. ¿Evolucionan las categorías?
¿Y, de hacerlo, cómo? Parecería que la primera respuesta a la pregunta es obvia, un sí rotundo. ¿Acaso no evolucionan las palabras y los conceptos? ¿Entonces cómo no iban a evolucionar las categorías? Cambian y, por tanto, aceptamos que evolucionan. ¿Evolucionan? ¿Y cómo? La verdad es que no tengo una tesis para esto. Si tuviera que investigarlo empezaría a buscar en las dinámicas de cambio de significado en las palabras. Cómo mitómano pasó de señalar a quien no era siempre veraz en sus palabras a significar a quien adoraba a alguien que no tuviera estatus religioso, un cantante, un deportista, cualquier figura más o menos pública –ser una figura más o menos pública también es un problema de distribución, pero eso ya es otra historia, una historia de distribución de las ideas en la población y que ya he tocado antes. Quizá ahí, en esas nuevas referencias para palabras existentes, encuentre las primeras señales de un posible cambio conceptual y, quizá también, de un cambio en la arquitectura categorial. Y es muy probable, además, que como sucede con las palabras, que conservan distintos significados durante mucho tiempo –otro problema de distribución. ¿Existe la polisemia categorial? Es probable que categorías y conceptos y su arquitectura solapen diferentes relaciones en un mismo momento? ¿O las categorías, conceptos y arquitectura son una y nada más que una? En los conceptos parece difícil, en las categorías dudoso. Sin embargo, no parece que suceda lo mismo con su arquitectura. Las relaciones parecen ser independientes de los contenidos. Si no, sería ir contra la lógica y su historia, cuyos operadores si bien se han ampliado aún incluyen los que propuso Aristóteles\index[f]{Aristóteles}. Si no, no podríamos entender su \textit{Órganon}. Sin embargo, cuesta creer que haya inmanente al humano y que sea su arquitectura categorial. El tercero excluso y la no contradicción siguen vigentes. Discutidas, sí, pero siguen vigentes. Al menos para quienes piensan dentro de una determinada cultura, la occidental. ¿Y no será que nunca cambian porque nunca están fijadas? ¿Que se encuentren en constante variación? ¿Que evolucionen, en una palabra? Pero, al contrario de lo que sucede en la evolución, aún somos capaces de entender el Órganon a pesar de leerlo traducido, las especies de animales se extinguen. Desaparecen. El ancestro del león vive fosilizado, es un rastro de lo que fue. Pero, tal como sucedía en los cambios antes mencionados, las mutaciones en una población tampoco se dan simultáneamente entre todos sus miembros. También es un problema de distribución. Aunque bien podría ser que esa variación entre especies vivas fuera mucho más rápida, que el número de generaciones para que la mutación se haya extendido al total de la población, las arquitecturas categoriales se mantienen estáticas aunque categorías y conceptos hayan variado –como puede comprobarse en la interminable nómina de filósofos del siglo 20 cuyas obras diseccionaban etimologías para aclarar los conceptos de los griegos, leáse aquí a Heidegger leyendo a Platón, por ejemplo. De alguna forma, las relaciones que conformó el Órganon no terminan nunca de extinguirse. Las relaciones parecen ser independientes de los contenidos. Han ampliado su campo, se han definido nuevas relaciones, pero los fundamentos son los que son. Pero entonces Chomsky tendría razón: hay al menos una parte del lenguaje que es immanente al humano. E immanente al humano porque esas estructuras lógicas no son exclusivas de Occidente, también Oriente ha contribuido a su desarrollo. Es cierto que para el budista ni el tercero excluso ni la no contradicción aplican, pero el Tetralema de Nagarjuna es una estructura lógica. ¿Son universales? Quizá sí sean universales en el sentido más amplio posible: todo ser vivo que se desplace requiere una arquitectura categorial para comprender –y representarse– el espacio que atraviesa. Luego son inmanentes al humano no porque sean parte de una gramática humana universal, sino porque son parte de una gramática animada universal. Luego, si las categorías se enriquecen a medida que se enriquece el aparato cognitivo de la especie animada que las posee parecería lógico que también se enriquecieran a medida que se enriquece el aparato cognitivo de una especie concreta.

O podría ser que no sólo sea distinta la arquitectura categorial sino que también ésta nuestra, que desemboca en la lógica, sea una más de un sinfín de arquitecturas posibles dadas unas condiciones iniciales diferentes. Que hubiera una correlación entre esta arquitectura categorial nuestra –y compartida con el resto de seres animados, aunque menos desarrollada en estos– y las leyes de la física. Que no la convierte en inmanente pero al tiempo que pierde estatus lo gana porque es la única posible en este mundo. La contingencia adquiere dimensiones universales pero sigue siendo contingencia al fin y al cabo. Con todo, parece que estamos otra vez ante un problema de distribución, sideral esta vez.

Quizá la pregunta sea otra: ¿qué es una arquitectura categorial? La relación entre categorías, conceptos, palabras y significados. Vale que salvo el tercero de los componentes de la ecuación todos los demás son cuando menos difusos. Categoría, concepto y significado son tres términos que están muy lejos de estar no ya claros o definidos, sino delimitados, entre los componentes de cada una de las clases y entre las distintas clases. Algo así como una proto-sintaxis universal, semejante a aquello legiforme de lo que hablaba Kant en su primera Crítica. Algo así. La imposibilidad de definición se deriva de una imposibilidad de referencia. A la estructura que relaciona y cohesiona categorías, conceptos y significados no podemos encontrarle representación alguna y las referencias que encontramos son estériles. La primera e inmediata, la sintaxis, se queda corta. Si bien es cierto que es el mínimo de estructura suficiente para permitir la composicionalibilidad del lenguaje aún sigue demasiado pegado a este. Como ejemplo de estructura-arquitectura vale, pero sólo como ejemplo. La siguiente referencia, la lógica, parece más adecuada pero tampoco parece cerrar la cuestión, ya sea porque aún es una ciencia en pleno desarrollo –basta acudir al problema de los contrafactuales para caer en la cuenta de todo el espacio que aún le resta por cubrir–. Como ejemplo de estructura-arquitectura es mejor, sin duda, pero tampoco es definitivo. Y no son definitivos porque ambos ejemplos están demasiado pegados al lenguaje, aún recaen del lado del lenguaje. Cuando esa arquitectura categorial, de existir –porque bien puede pasar que no sea más que 1.- no exista; y 2.- que sea una conjetura de imposible demostración– bien podría caer no tanto del lado del lenguaje sino de la… ¿cómo decirlo…? …de la biología –y soy consciente que aquí entro en el resbaladizo problema de la frenología y otras seudo-ciencias; pero ahí vamos–. O, al menos, que funcionara como un puente entre la biología y el lenguaje. Sería el trasunto, casi una perífrasis, del correlato entre procesos cerebrales o cognitivos y representación categorial y las relaciones entre unos y otros. Correlato que, si bien sería dependiente de las condiciones materiales del universo, esto es, como todo objeto físico estaría sometido a las leyes de la naturaleza quizá no estuviera determinado por él. Es decir, que si bien las asociaciones neuronales –si es que ese correlato se manifiesta a partir de asociaciones neuronales, que no lo sabemos, suponemos que algún tipo de asociación neuronal tiene que darse, pero sólo lo suponemos; pero como ejemplo de causa física-biológica puede valer– las asociaciones neuronales, decía, tienen que producirse en función de la representación producida, y que esas asociaciones, de darse, tienen que relacionarse entre sí como también se relacionan entre sí las representaciones. Bien, supongamos que así sea, que la red neuronal establece ciertas relaciones en función de las relaciones conceptuales representadas. Ahora bien, de ser esto así, tampoco hubiéramos resuelto nada. Simplemente hubiéramos desplazado el problema a otra capa. Dado que estaríamos de nuevo ante un problema de distribución. En un grupo poblacional determinado, ¿cuántos de sus miembros establecen las mismas asociaciones neuronales para representar conceptos y relaciones semejantes? El correlato no presupone determinación, ni mucho menos. Quizá defina un marco, un área de posibilidades relacionales, fuera del cual las relaciones o bien no se dan o bien no producen significados relevantes para aquello que se desea expresar, pero no determinan ni el tipo de asociación ni lo determinan a una asociación determinada. De hecho, y esto creo que es lo más importante, para que ese correlato estuviera determinado la referencia y el sentido tendrían que estarlo también. Sólo en un lenguaje de relaciones y significados fijos o rígidos sería posible la determinación neuronal. Que es lo que sucede, por ejemplo, con los lenguajes de programación, donde la referencia es fija y las relaciones estáticas. Lenguajes en los que el universal y el particular coinciden. Donde concepto y referencia son uno y perfectamente delimitado. Porque no podría aparecer un lado de la correlación, el de las asociaciones neuronales, como perfectamente delimitado –que esas asociaciones obedezcan las leyes de la física no supone que sean siempre una y la misma: como cuando una población determinada sale de la cama, todos lo hacen con los pies en el suelo, pero eso no determina ni el orden ni el modo de apoyar esos pies– y el otro ser de límites difusos, como difusa es la referencia.

Hay una cita de Austin en Sense and Sensibilia que quizá sirva para ilustrar este último punto: «”Like” is-the great adjuster-word, or, alternatively put, the main flexibility-device by whose aid, in spite of the limite scope of our vocabulary, we can always avoid being left completely speechless.) (…) If we think of words as being shot like arrows at the world, the function of these adjuster-words is to free us from the disability of being able to shoot only straight ahead; by their use on occasion, such words as “pig” can be, so to speak, brought into connexion with targets lying slightly off the simple, straightforward line on which they are ordinarily aimed.»} (Sense and Sensibilia, p 74). Es lo difuso de la referencia lo que nos permite hablar. Quizá todas las palabras sean palabras-ajustadoras, si bien no en el grado de ese like-como que señala Austin, y es gracias a que no existen esas flechas que podemos hablar, que podemos no permanecer speechless. Y quizá esa indeterminación deba aplicarse también a las asociaciones neuronales para que podamos seguir hablando.

Y hablando de correlatos. No hay que confundir este correlato con el correlacionismo que ataca Meillassoux en Après la finitude. Mientras el primero se limita a constatar las relaciones neurona-lenguaje, el francés lo extrapola hasta las relaciones mundo-lenguaje. Y, desde esa atalaya, ataca a la ciencia como un constructo idealista que describiría menos las condiciones de la ciencia como las condiciones del cerebro que la produce. Contra Kant va la cosa. Es otra manifestación más de un despuntar nihilista que se está poniendo de moda –y se está poniendo de moda, a mi juicio, justificadamente, aunque por las razones equivocadas: no es que el mundo sea o pudiera ser nihilista, es que el mundo es nihilista. Y ese nihilismo del mundo nos convierte directamente en nihilistas a quienes lo habitamos. Para el nihilista lo que hay tiene que ser necesariamente nihilista. Esto es, yo estoy a favor de la destrucción generalizada de todo lo humano precisamente porque encuentro que todo eso humano que hay hoy y ha habido hasta ahora –la historia es un mal chiste contado por un borracho– es puro nihilismo. Es, frente a aquel nihilismo activo nietzscheano un nihilismo sobrevenido: somos nihilistas porque no encontramos sentido al mundo. Sin embargo, creo que Meillassoux pierde el foco de su crítica: que la ciencia sea consustancial a la existencia del universo y por eso sea capaz de describirlo o no es irrelevante. Es un problema que ya solucionó Hume con bastante soltura. El problema no es el acceso a le grand dehors, el gran afuera que, según Meillassoux, nos espera tras el objeto en sí kantiano, que es el motivo de su ataque al correlativismo, sino que sin esa correlación mundo-lenguaje nuestra cognición no sería tal. La correlación no sujeta tanto el mundo, porque este puede ser como sea, sino que sujeta nuestra cognición. Hace posible que esa cognición se de. Y no sólo epistemológicamente, que es ámbito donde se centra el francés, sino que en un ámbito previo, el de la propia aparición del mundo, previo a todo comprender. En cierta medida la respuesta ya estaba en la primera Critica kantiana: «Si la diferencia —no voy a decir de forma, -ya que desde este punto de vista pueden ser semejantes los fenómenos, sino desde el punto de vista del contenido, es decir, atendiendo a la diversidad de los seres existentes— entre los fenómenos que se nos ofrecen fuera tan grande que el más agudo entendimiento humano fuese incapaz de encontrar la menor semejanza al compararlos entre sí (un caso que es perfectamente imaginable), entonces no existiría la ley lógica de los géneros, como no habría tampoco concepto alguno de género ni conceptos universales. Es más, no habría ni entendimiento, puesto que el único quehacer de éste son tales conceptos. Consiguientemente, el principio lógico de los géneros presupone un principio trascendental si ha de ser aplicable a la naturaleza (por ésta entiendo, en este caso, sólo objetos que se nos den). De acuerdo con este principio trascendental, se presupone necesariamente una homogeneidad en la diversidad de una experiencia posible (si bien no podemos determinar a priori cuál es su grado), ya que, de no existir tal homogeneidad, no serían posibles los conceptos empíricos ni, consiguientemente, experiencia ninguna.» (Crítica de la razón pura, p 537-8) Sin esa correlación es posible que ni siquiera pudiéramos hablar de experiencia. Una crítica a la que hay que acompañar el sutil matiz que añadió Schopenhauer al criticismo: porque tengo cuerpo yo soy también objeto. Ese grand dehors es también un grand dedans, un inmenso adentro. Sin duda, si ese correlacionismo viviríamos desubicados, pero esa desubicación es agua de otro cántaro. Volvamos a nuestro cerebro desubicado.

El hecho de que pueda hablarse de distribución también en el caso de los modos relacionales de las arquitecturas categoriales ya indica que no son una estructura de contenidos fijadas, tan solo demuestra que hay una necesidad de estructura. Así entonces ya se podría hablar de esas arquitecturas no como un fenómeno exclusivamente humano sino extensible a todo ser vivo. ¿Por qué? Porque el gato recuerda qué es su plato de comida. Y quién es su ama. Y qué es el arenero. A pesar de no contar con un lenguaje abstracto se comunica. Luego algún tipo de categorías, conceptos e incluso expresiones posee y, por tanto, una arquitectura categorial. Quizá todos esos elementos estén presentes como proto-categorías, proto-conceptos y proto-expresiones, sobre todo comparados con las humanas, pero para el gato son más que suficientes para que él y sus descendientes sigan siendo gatos. Sin embargo hay que distinguir entre la necesidad de reglas y la inmutabilidad de las mismas. Sobre lo primero es fácil contestar, algo esquemático tiene que haber en el resto de los seres vivos animados, alguna sintaxis que ordena lo percibido con lo actuado. Los animales toman decisiones. Sobre lo segundo ya no es tan sencillo. Una cosa es la necesidad de reglas y otro su inmutabilidad. Otra vez estamos ante un problema de distribución. ¿Como en el caso del parque genético de una población, evoluciona ese contenido? Parece que hemos entrado en una espiral viciosa.

Incluso que no podamos representar a ese humano con arquitecturas categoriales del siglo 12 es muy relevante. ¿Lo distinguiríamos? A pesar de todo lo expuesto, yo apuesto que no.

 

Luis